El Triunfo Del Mercado

Alekséi Gan, 1922

Cuando Alekséi Gan escribió el Manifiesto Constructivista en 1922 creía firmemente en que la revolución del arte debería ir en paralelo a los cambios sociales y económicos de la revolución de 1917. Criticaba con dureza a los miembros del partido comunista por su falta de preparación para abordar estos cambios. En 1941 acabó en una campo de concentración en Siberia donde supuestamente murió. Stalin, unos de los grandes asesinos de la historia acabó con todo aquello que no entendía y que posibilitase cualquier florecimiento del pensamiento crítico que pudiera poner en peligro su liderazgo. Todos los movimientos sociales del siglo XX han sido aplastados de igual forma, se hayan producido en Europa o en cualquier otro lugar del planeta.

Quizás las vanguardias fueron el último soplo de libertad  y de crítica al sistema. Después de todo aquello lo único que se ha producido es un control del capitalismo que ha amansado cualquier expresión artística integrándola en el mercado. El arte en occidente se ha ido convirtiendo en el refugio de inversores dudosos y en una producción de objetos meramente inofensivos. En el antiguo telón de acero se resumía en el culto al líder y al sistema dictatorial de una cúpula que su único interés era mantener el poder como fuese. En ambos bandos la actitud del poder fue la de eliminar cualquier pensamiento crítico. Hablar de lo banal en el arte contemporáneo es hablar de una generalidad de la producción artística.

En el mercado del arte, el filtro es atroz para que nada se les cuele bajo los focos, por lo tanto el poder como siempre ha hecho, ha sometido a las supuestas elites culturales a aceptar sus normas. Podemos sugerir que la ideología triunfante es la estupidez, a la que prestigiosos pensadores le dedican reflexiones sobre la misma y el arte contemporáneo. La estupidez como forma de vivir aletargado.

Uno de los aspectos más enigmáticos del arte contemporáneo es su estupidez. Un punto de partida, sugerido por los análisis de Foucault, Deleuze, Barthes, Bataille, Rosset y Baudrillard, consiste en evitar oponer la estupidez a la inteligencia. La inteligencia no puede dar cuenta de la estupidez. (1)

La estupidez es la expresión simple del idiota que se ha instalado en la masa como la adoración diaria de todo aquello que llaman cool. Es cool todo lo que se incita a poseer o imitar para tener el éxito social, que nos haga entrar en el bienestar económico y nos aleje de un origen humilde que queremos borrar.

La estupidez, la necedad, son lo no-pensado del pensamiento, su parte maldita, su dimensión heterológica. La palabra idiota recoge este sentido, es, al decir de Rosset, aquello “simple, particular, único”, incapaz de reflejarse en el espejo de la inteligencia, de duplicarse en el espacio de lo categorial. La estupidez carece de doble en el espacio especulativo, como un vampiro, no conoce el estadio del espejo. Impotencia de la inteligencia, en un gesto desesperado, no hará más que reducir, tramposamente, la idiocia  de la estupidez al error, a la falsedad, condenándola sin siquiera haberla visto directamente a los ojos. (2)

Por lo tanto es fácil que triunfe la estupidez, en una sociedad en la cual se oculta el conocimiento y que los contenidos televisivos sirven para alienar a las masas. De nada ha servido la crítica de Nam June Paik al medio televisivo, de la misma forma que de nada sirvió el diario de la guerra (Kriegsfibel, 1955) de Bertolt Brecht para concienciar de los horrores de la Segunda Guerra Mundial. La poca visibilidad de ambos mensajes y lo alejados que se encontraban del interés de la población por sobrevivir día a día los han hecho invisibles. Por lo tanto el triunfo del mercado de las artes decorativas y la eliminación de cualquier tipo de pensamiento crítico son las características principales del mercado del arte en la actualidad. Todo se puede vender e integrar en el sistema, sólo hay que convertirlo en un objeto de consumo.

(1) – (2) http://www.henciclopedia.org.uy/autores/FGimenez/EroticaBanalidad.htm

Comentarios

  • María José Parra

    Mi duda es: ¿tenemos tiempo para no ser estúpidos, nos prestamos atención para no dejar que nos hagan borregos alienados, nos interesa leer o escuchar aquello que pueda hacernos cuestionar nuestros propia idiotez inducida por el sistema, pero aceptada por nosotros?
    Me temo que la respuesta, en general, es un NO, rotundo o disfrazado. Eso es lo que puede importar: y entiendo que la esperanza en un hombre libre, está en la respuesta negativa del que la trata de esconder, porque siente sonrojo.

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