Las Palabras Vacías

Rafael Roa © 2011 – Still de vídeo

A veces dibujas las historias en tu imaginación antes de rodarlas, piensas que ópticas
vas a usar, e imaginas incluso la luz, los desenfoques, otras te encuentras con la
perfección de lo cotidiano y ocurre el milagro de captar una escena única, con
un casting maravilloso que pasaba por allí, en una sola toma, el instante decisivo
de Cartier Bresson ocurre también en la imagen en movimiento.
Después una vez acabado el rodaje, te enfrentas al montaje, a ordenar el material
para que tenga el ritmo narrativo que requiere la historia que deseas montar, esa es
la última vuelta de tuerca para establecer una narración formal.
Otras grabas algo que no tenías previsto y cuando empiezas a editar descubres una
gran idea formalmente diferente al material grabado y reinventas la realidad.
Hoy en una comida entre amigos de diversas disciplinas, moda, danza, fotografía,
música, vídeo, hablábamos del concepto de modernidad, usado y a veces mal usado,
como termino para justificar cualquier cosa carente de interés, creíamos que era
un termino a enterrar como el de arte conceptual, dos cajones de sastre que han sido
mal usados hasta la saciedad para esconder la falta de ideas.
La modernidad ha sido definida por muchos, Harold Rosenberg la definió como
“la tradición de derrocar a la tradición” o Renato Poggioli como “una cultura de la
negación”, creo modestamente que se debería enterrar este termino para siempre,
centrarnos en el contenido de la obra, olvidarnos del envoltorio, de la terminología,
de las palabras vacías y grandilocuentes para justificar la nada, el fracaso y la
mediocridad, en definitiva: “Ámame hasta el final, sin necesidad de decírmelo”.

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