El Holandés, Bellocq y La Placa de La Mujer Sin Cabeza

Ernest James Bellocq

El Holandés contemplaba aquella placa de cristal de una mujer desnuda sin rostro, estaba
borrado y con muchos desperfectos. Él se sentía igual de destrozado y cuarteado que  aquella
placa.
Gisele le había enviado una nota con un chico negro en el que le comunicaba que lo dejaba,
que todo se había acabado, que volvía a Francia para casarse con un primo lejano que era
un afamado industrial textil de la zona de Lille.
Se había cansado de esperar y optó por la vía rápida, un matrimonio de conveniencia que
la sacase del húmedo calor de Nueva Orleans.
Estaba cansada de los rumores de las aventuras del Holandés en casa de Michelle, y de sus
noches de desenfreno con su amigo King Oliver en todos los prostíbulos, donde el alcohol
y las drogas los acompañaban mientras disfrutaban de las mujeres más deseadas de la ciudad.
King Oliver acababa de irse a Chicago con su banda y había invitado a ese prometedor músico
llamado Louis Armstrong a unirse a ellos en el norte como segundo cornetista del grupo.
Armstrong aceptó sin dudarlo no sólo por la oportunidad de tocar con esa banda sino porque
estaba enamorado de Lillian Hardin la pianista del grupo de Oliver.
El Holandés tenía los ojos fijos en aquella placa que iluminaba con un candil de aceite, estaba destrozado, aquel cuerpo le parecía conocido, aquellos pechos generosos, aquellos muslos,
pero seguía sin ponerle cara a esa mujer que creía conocer.
La noche y la lluvia de aquel verano de calor sofocante invadían la ciudad, la penumbra
llenaba la habitación roja donde el Holandés estaba esperando a Michelle para ensayar las
piezas para la fiesta de aquella noche.
Todo se hace confuso cuando uno esta a punto de perder a quien se ama.
Atormentado, abatido, y obsesionado por la mujer sin rostro de la placa, perdido y agotado
por los tiempos vertiginosos que había vivido, se sentía como esas sombras chinescas que
se usaban para contar historias en las fiestas con música de piano de fondo y entretenían a
los invitados, mientras los amantes se besaban en la oscuridad.
La lluvia era más intensa y la noche más profunda, no podía quedarse sin saber quien era
la mujer sin rostro y decidió que al día siguiente buscaría al contrahecho Bellocq.

Extracto del relato “El Trompestista” – 3ª parte

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