Destruir La Memoria, Las Imágenes, Los Recuerdos

Yasuzo Nojima, nude, 1931

Yasuzo Nojima, nude, 1931

El otro día tuve una conversación con uno de los fotógrafos más importantes de la generación anterior a la mía, sobre que decisión tomar sobre nuestro trabajo antes de desaparecer. Dejar claro cuales serán nuestras voluntades, si queremos que se destruya o hacerlo en vida. Entiendo perfectamente la decisión de Jorge Rueda, la de optar por la destrucción de negativos una vez que has muerto. Mi amigo argumentaba que al no tener hijos y que para evitar desmanes era mejor proceder a su destrucción. Es una opción respetable, consecuente, valiente y digna.
No dejar rastros es una solución radical para intentar provocar una reflexión sobre el exceso de importancia que damos a todo, aunque teniendo en cuenta como está el patio dudo que alguien reflexione sobre este tipo de temas.

El marketing ha anulado la capacidad de valorar las cosas en su justa medida. Se vende mierda en todos los sectores de consumo y la mayoría de la población la consume con gusto. La comida basura es un ejemplo muy claro.
El mercado del arte ha convertido al mismo en un objeto de consumo, que en muchos casos se aleja de su verdadera función. Con un marketing poderoso se puede vender cualquier cosa, crear tendencias y batir récords de ventas en las ferias.
Los consumidores de objetos artísticos son los que siendo poderosos económicamente coleccionan por placer y por inversión. Por lo tanto si quieres vender tienes que acomodarte a realizar un trabajo que no ofenda a tus potenciales compradores y les produzca el deseo de compra. En el fondo se produce una censura real y todo el mundo se acomoda para no estar fuera. Se dirige la creación y el pensamiento.
Al final doy la razón a este prestigioso fotógrafo, destruir la obra es quizás la mejor opción y te aseguras de que no habrá rastros tuyos cuando ya no existas.

Sólo existes cuando te veo. Borrar los recuerdos es también positivo para que esas imágenes que te producen dolor dejen de hacerlo. Impedir que los recuerdos se conviertan en surcos de lágrimas nos ayuda si destruimos el objeto material que los soporta.

Daido Moriyama ©

Daido Moriyama ©

Miyako Ishiuchi © 1993, # 17, Skin series

Miyako Ishiuchi © 1993, # 17, Skin series

André Kertész ©

André Kertész ©

Comentarios

  • ¿Realmente importa? Quiero decir, ¿por qué debería preocuparme lo que ocurra con mi obra cuando yo ya no exista? Tal vez el hecho de reflexionar sobre este asunto ya sea darnos demasiada importancia. A su vez, tal vez el hecho de no hacerlo sea despreciar a os demás.

    Por supuesto que la obra pertenece al autor, y es éste el único que puede decidir sobre ella, tanto en vida como después de ella. No encuentro sentido a no respetar su decisión. En todo caso, podríamos lamentarnos si consideramos que su obra tiene el suficiente valor para ser conservada, pero nada más.

    Creo que yo no destruiría mi obra, buena o mala a ojos de otros. No porque crea que merece ser conservada, ni comercializada. No la destruiría porque con una sola persona a la que una de mis fotografías le cambiara la vida a mejor, signifique esto lo que signifique (con una reflexión, con un momento de interés o placer…) ya vería justificado y premiado mi esfuerzo. Difícil, pero sólo imposible si mi obra no me sobrevive.

  • Interesante reflexión, aunque pienso que un tanto egoísta.

    De todas formas, no tengo muy claro que hoy en día, con Internet y los medios digitales, esa decisión esté realmente al alcance de un fotógrafo. Como mucho podrá destruir una parte mas o menos significativa de su obra. Curiosamente podrá destruir mas o menos parte de su obra, en función inversa de su éxito profesional; a más éxito, menos capacidad de destrucción y mas fácilmente se conservará su obra aún a su pesar.

    Por ejemplo, ¿cómo puede saber Rafael Roa que yo no guardo copias en mi disco duro de sus fotografías publicadas en Internet? Así, aunque el destruyera sus negativos, yo podría reconstruir al menos una parte de su obra y legarla, utilizarla, disfrutarla, difundirla …

    • Diego, en la red hay mucho material de grandes fotógrafos que todos podemos tener en nuestros discos duros, pero nunca tienen la calidad de un original. Jorge Rueda pidió que se destruyesen sus negativos y nadie los podrá copiar de nuevo. Incluso un tiraje realizado hace 30 años no sería lo mismo si se hiciese ahora.
      Cada uno tiene el derecho de hacer con su trabajo lo que quiera y hay que respetarlo. Considero que es una opción tan digna como aquel que lo deja a un museo o que sus herederos lo vendan. Pero insisto, el único que tiene derecho a decidir sobre el destino de su obra es el autor. Si mi amigo con el que mantuve esta conversación decidiese destruir su obra nadie debería censurarle.
      Saludos,

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