From the monthly archives: "noviembre 2016"
Metrópolis de Fritz Lang (1928)

Metrópolis de Fritz Lang (1928)

La producción de una imagen es producto de una captura irreflexiva o de una mirada subjetiva y reflexiva. Esta segunda consideración nos remite a la intención artística de la fotografía. La primera se reduce sólo al uso del disparador de la cámara como elemento masturbador de la misma, como apuntaba Cartier-Bresson. Y en los tiempos actuales se fabrican una gran cantidad de capturas de imágenes irreflexivas que son olvidadas casi al mismo momento de haber sido producidas. Las capturas digitales son compartidas y exhibidas sin pudor en las redes sociales, y las estas son las referencias de los diarios visuales de quienes las comparten, en definitiva el la máxima expresión del exhibicionismo. Este olvido inmediato de las imágenes que sucede prácticamente instantes después de ser vistas nos lleva a la aceptación de la falta de significado de las mismas. Esto ocurre con la información de las tragedias colectivas, no sirven de ningún tipo de concienciación social.

Las vanguardias reflejaron la rebeldía y las ansias de cambio, una nueva estética artística y visual no exenta de una crítica política. Unas nuevas formas de crear y comunicar con las imágenes, una nueva forma de ver que se alejaba de la perspectiva clásica. En la actualidad el poder económico dirige y planifica el desarrollo del negocio del arte. Seleccionan lo que van a potenciar como referentes estéticos y marginan todo aquello que puede representar una crítica al sistema o que incentivasen reflexiones que despertasen la mansedumbre de los receptores y consumidores del arte. Los nuevos pensadores del apropiacionismo nos anuncian con frases apocalípticas la llegada de los nuevos tiempos, que vendrán acompañados del uso de la robótica y de la inteligencia artificial. La mayoría del arte que consumimos son piezas inofensivas y decorativas. El interés individual de los “artistas” se centra en sentarse lo más próximo a quienes detentan el poder de la exhibición y les puedan hacer un hueco bajo los focos. Si para esto tienen que convertirse en imitadores de las tendencias de moda lo consideran como un peaje que es necesario pagar. Hemos visto durante la primera década de este siglo como las ferias de arte se inundaban de fotografías imitando a los exitosos miembros de la Escuela de Dusseldorf.

El discurso apropiacionista va en paralelo a los usos que el poder económico emplea, y resulta curioso ver la manga ancha que le dan sus defensores al uso de las imágenes de otros en contraposición a lo denostado e ilegal del plagio literario. Cuando las palabras, las ideas y las imágenes pertenecen a aquellos que las producen. Todos tenemos en la mente el caso del famoso artista norteamericano que lleva toda la vida robando imágenes de otros y con una pequeña modificación las registra como propias. Lo último ha sido la reproducción de imágenes de una red social que ha ampliado y vendido como propias a precios escandalosos. Esto es similar al discurso del ideólogos del net-art que consideran que las imágenes que capturan de la red les pertenecen. Estas actitudes son puramente ideológicas y definen a la época que estamos viviendo, reflejando la perdida de la ética del trabajo, que ha sido sustituido por la habilidad para la especulación y el beneficio rápido.

La apropiación de las imágenes pertenece a la modernidad ideológica actual, igual que la apropiación de caudales públicos pertenece a la corrupción política. El arte está dirigido por el mercado que selecciona y difunde aquello acorde a las necesidades de transmisión de un pensamiento dirigido. Este fenómeno global es una representación de la nueva ideología social que el poder esta fabricando sin ningún tipo de oposición.

Rafael Roa © 1990 Experimentación personal con creación de PDH. Polaroid 55, 10x12cm. Copia 50x60cm

Rafael Roa © 1990
Experimentación personal con creación de PDH. Polaroid 55 10x12cm. Copia 50x60cm

Según Sebastiao Salgado la fotografía desaparecerá en unos 20 o 30 años. La fotografía ya ha cambiado debido a la llegada de la era digital. Quizás para mi no sea ese el debate más importante. La fotografía se ha ido modificando siempre desde su nacimiento a la par que surgían nuevos procesos. Cada cambio tecnológico en el siglo XIX iba acompañado de cambios estéticos y narrativos de la herramienta. Ha habido características que se han mantenido desde entonces, y quizás la más importante sea la de la puesta en escena que se mantiene en la actualidad. La mayor parte de la fotografía producida desde su nacimiento ha tenido una puesta en escena en mayor o menor grado. También nos hemos liberado de esa creencia de que la fotografía reflejaba la realidad y aceptamos que sólo sea una huella o imitación de aquello que “sucedió” en un determinado instante. Lo que ha cambiado desde la aparición de la era digital es el uso de la misma. Ahora nos comunicamos con imágenes que capturamos y compartimos desde cualquier dispositivo, en su mayor parte teléfonos móviles. Existe un afán irracional y obsesivo por capturarlo todo y compartirlo en las redes sociales. Hoy mientras visitaba la exposición de Robert Doisneau vi a varias personas fotografiar compulsivamente las fotografías de la exposición, en vez de analizar las imágenes y disfrutar de ellas. Muchas personas no viven la vida, sólo se limitan a capturar imágenes de todo lo que hacen, y compartirlo de forma inmediata en las redes sociales. Existe una necesidad obsesiva de mostrar cualquier acontecimiento cotidiano, exhibirse para ser observado por esa multitud de espectadores ávidos de recibir la aprobación de la comunidad virtual. Mostrar nuestra vida en imágenes es una obsesión para una mayoría de usuarios de teléfonos móviles y redes sociales.

Hace años escribí sobre este tema, y apuntaba que el mundo se dividiría en una gran mayoría de captadores de imágenes y una minoría de fotógrafos o artistas. Estos últimos usarían la herramienta desde la reflexión y la creación, a tráves de ideas o conceptos, que serian materializadas posteriormente en cualquier soporte fotográfico. Podemos volver a ese debate de la estética de la fotografía de la fotografía arte o sin-arte. Sería más acertado diferenciar entre la fotografía como forma de representación de las ideas y las capturas automatizadas que se producen cada día. Sin embargo muy pocas personas se cuestionan por el significado de las imágenes que consumimos, ya sea en el ámbito de la información o del arte.

¿Acaso las imágenes de las tragedias o las injusticias tienen algún efecto en la población que no dure más de 24 horas?

Todo se asimila y olvida. Nada produce la más mínima reflexión o autocrítica. La memoria de pez funciona a la perfección. Se ha escrito mucho sobre esto y de formas muy acertadas por filósofos que ya he citado en otras ocasiones. Quizás nos encontremos en una sociedad cada vez más alienante y fácil de manipular que sólo se mueve por la conservación del hábitat de confort de forma individual. Por lo tanto todas las manifestaciones colectivas reflejan y tienden a aceptar cualquier cosa. El pensamiento crítico es cada vez más reducido y esto afecta a las formas artísticas de producción que están controladas por el mercado del arte. La fotografía existirá siempre que fotógrafos o artistas estén dispuestos a producir imágenes que materialicen ideas, sentimientos o sensaciones personales. La producción de los captadores de imágenes ya es un equivalente de la comida rápida. Nadie se acuerda del sabor de este tipo de comida, y de la misma forma nadie recuerda las últimas diez imágenes que ha visto en una red social dos minutos antes. La reflexión y el trabajo dirigido a la consecución de los conceptos a materializar en imágenes será la base de la fotografía que nos volverá a producir ese Punctum del que hablaba Roland Barthes. La fotografía-arte se imprimirá recuperando ese objeto plano que muestra una imagen, y volveremos a disfrutar de los nuevos matices de impresión y de procesos clásicos que usaran aquellos artistas interesados en una mejor representación de sus obras.