Alberto Giacometti, 1927 Cabeza

1. Alberto Giacometti, 1927
Cabeza

Alberto Roa Redactor

Alberto Roa
Redactor

Desde el comienzo de la época contemporánea la escultura sufre una crisis de identidad. El paradigma del arte clásico que había dominado occidente hasta el XVIII tenía a la escultura como estatua. Permite moverse entre la realidad y lo ideal y el uso de materiales como el mármol o el bronce da mayor dureza y durabilidad. Además consagran el espacio público de la ciudad en fuentes y plazas. Los dioses y héroes representados se alzan por encima del tiempo, por los siglos de los siglos. En el arte contemporáneo se rechaza el canon clásico y los paradigmas pasan a ser objeto de ataque en el XIX. Escritores y artistas románticos la tachan de antimoderna por ser intemporal, no expresan nada debido a su hieratismo, no tiene capacidad ilusionística, se termina convirtiendo en algo negativo. Es un arte de primitivos, es brutal y positiva como la naturaleza, al tener tres dimensiones, deja poco espacio a la imaginación que era la idea fundamental del arte romántico. Baudelaire decía que se encuentra con gente desconocida, puesto que nadie podía aspirar a sobrevivir: ni a su momento, ni a una moda; señala también la moneda de la modernidad, que es el paso del tiempo. La modernidad se basa en lo efímero, en la fugacidad, no acepta las estatuas. A nadie le interesa el pasado, los representados se convierten en fantasmas. En ese momento  de vanguardia la escultura intenta librarse de su condición de estatua. La crisis de la escultura fue solventada por Rodin, que dirige todas sus mejoras para destrozar la estatua: arrebata el pedestal, se carga el punto de relación que la convierte en eje de la perspectiva urbana, y aporta la fragmentación de la figura olvidando así el canon clásico. Luego será Picasso el que avance un paso más en la modernización de la forma de la escultura terminando con la fuerza de la materia que posee la escultura para pasar a valorar el vacío mediante ensamblaje de objetos metálicos, como en la obra que realizó como homenaje a Apollinaire caído en la Gran Guerra.

Alberto Giacometti supone un paso más en la innovación formal de la escultura de vanguardia. Nació en Brogonovo (Suiza) el 10 de Octubre de 1901, hijo del pintor Giovanni Giacometti creció en un ambiente propicio para el desarrollo de su carrera artística. Tomó sus primeras lecciones con su padre antes de pasar cuatro años en un internado en Schiers. Hacia 1920 estuvo en Ginebra donde se matriculó en la escuela de Artes y Oficios por consejo de su padre.

Es en 1922 cuando verdaderamente comienza a desarrollar una carrera sólida como artista, dubitativo hasta entonces entre la pintura y la escultura, es en dicho año cuando llega a París (Centro artístico mundial desde el XIX cuando la capital francesa arrebató la hegemonía a Roma) y se inclina definitivamente por la escultura. Se matriculó en la Academia de la Grande Chaumière bajo la tutela del escultor Antoine Bourdelle (que había sido discípulo de Rodin), con el que prolongó su formación cinco años, a pesar de tener algunas discrepancias en el plano artístico. Giacometti gozaba entonces de gran libertad. El siguiente paso decisivo en su carrera ocurrió en 1925 cuando atravesó una crisis artística que le llevó a dejar completamente de lado la representación del natural para comenzar a realizar una obra introspectiva a la que llegaba a través “del recuerdo” ; es ahora también cuando se moverá por el famoso círculo de Montparnasse donde entró en contacto con artistas de la talla de Picasso o Max Ernst. Especial influencia ejercieron los Surrealistas en el joven Giacometti que se adscribiría al movimiento en estos primeros años en París.

Giacometti comienza entonces a mirar en su interior, lo que le lleva a influirse por el arte primitivo, muy vigente en todos los movimientos de vanguardia, y por la escultura antigua de Egipto, Summer y la civilización de las Cícladas. Realiza en este momento una parte de su obra que podemos denominar como objetos surrealistas como la Cabeza de 1927 (1) que sólo posee dos leves incisiones una vertical y otra horizontal para formar en nuestra mente la idea de un rostro, recuerda además de al arte tribal africano a la obra de un genio como Brancusi. En esta época se aleja por completo de la escultura tradicional y todo parecido con la naturaleza para presentar fundamentalmente figuras de carácter geométrico con fuerte énfasis tridimensional (2).

2. Alberto Giacometti, Figura coja andando, 1931-1932

2. Alberto Giacometti,
Figura coja andando, 1931-1932

Posteriormente en la década de los años 40, Giacometti comienza a emplear el vacío como un elemento más de su obra. Empieza a situar sus figuras en una especie de pedestales que funcionan como un tablero de juego, y a su vez estas figuras, que cada vez son más inmateriales se presentan inscritas en el vacío que las rodea, creando así un diálogo entre el fondo y la figura, entre lo material y lo inmaterial. Estas esculturas sobre tableros, suponen un juego entre la situación de las figuras y el vacío que las contempla como si de un paisaje se tratase (3). Es sin duda en este momento de su producción, cuando Giacometti alcanza un estilo más personal y original. Reduciendo las figuras a su mera esencia, casi a un componente óseo, presenta unos personajes carentes de materia corporal pero que cumplen a la perfección con el cometido de ocupar el lugar y realizar una acción en movimiento. Estas acciones giran en torno al encuentro del hombre y la mujer, y su relación con la vida y la muerte. Giacometti vuelve a una figuración más reconocible para plasmar de manera más concreta todos los enigmas que quiere presentar en su obra, olvidando así el objeto surrealista que había dominado la primera parte de su producción.

3. Alberto Giacometti, Tres hombres que caminan, 1948

3. Alberto Giacometti,
Tres hombres que caminan, 1948

4. Alberto Giacometti Hombre que camina I, 1960

4. Alberto Giacometti
Hombre que camina I, 1960

Será después de adquirir este nuevo lenguaje cuando Giacometti extrapole las primeras escenas sobre pequeños tableros a una escala monumental e inscriba enormes figuras en el propio espacio que él mismo habita (4). Pasa a preocuparse de nuevo por el espacio que ocupa el propio ser humano, y plasma las vivencias que allí acontecen mediante sus esculturas, dándoles una dimensión espacio-temporal, como a la vida misma. No hay que entender el trabajo monumental de Giacometti pensado para la ciudad contemporánea como la vuelta a la estatuaria clásica, sino que supone un planteamiento más humano, puesto que las figuras ahora son una proyección de un ser más universal y no de una personalidad concreta. Estoy hablando de proyectos tan novedosos como el realizado para la Chase Manhattan Plaza en Nueva York, para el arquitecto y coleccionista Gordon Bunshaft hacia 1960. Este tipo de obras son con las que Giacometti logra conjugar la representación del espacio y del tiempo puesto que logra representar aislado uno de los momentos estáticos que componen el movimiento. Giacometti lo explicó de la siguiente manera:

“Entonces, se produjo una transformación en mi visión de las cosas… como si el movimiento no fuera sino una secuencia de puntos de inmovilidad. Una persona hablando ya no era un movimiento, sino una serie de inmovilidades que se seguían, completamente separadas unas de otras; momentos inmóviles que podrían durar, después de todo, una eternidad, interrumpidos y seguidos por otra inmovilidad. Recuerdo una vez, estaba pidiendo algo en el café, y el camarero abrió la boca y dijo no sé qué, aquel movimiento de su boca me pareció una secuencia de momentos inmóviles, discontinuos, completamente discontinuos. El hombre se convertía en una especia de desconocido absoluto, mecánico.”

“Mi larga marcha”, Alberto Giacometti, Escritos, p 225. en Catálogo de Exposición: Giacometti, Terrenos de Juego, 2013.

Alberto Giacometti falleció en Suiza en 1966, fue un gran pintor y escultor que trabajó intensamente en su taller, lugar siempre especial para los artistas, y mucho más para creadores de la talla de Giacometti que basaban casi todo su trabajo en una ardua y meticulosa labor dentro del mismo, concebido casi como un santa santorum en el que el propio artista pasa a ser un dios creador que dota a la materia de vida. Giacometti fue sin duda uno de los mejores representantes de la teoría existencialista que estuvo vigente tras la Segunda Guerra Mundial, consiguiendo reflejar en su arte todas las preguntas sobre el tiempo, la muerte y la soledad que asolan siempre al ser humano.

Actualmente el Instituto de Cultura de la Fundación Mapfre alberga la exposición: Giacometti, Terrenos de Juego, en su sede del Paseo de Recoletos nº 23 hasta el 04 de Agosto.

Bibliografía.

– Ángel Gonzalez García, Alberto Giacometti: obras, escritos y entrevistas, Polígrafa, 2006, Barcelona.
– Carsten – Peter Warncke, Picasso, Ed. Ingo F. Walter (II volúmenes), Taschen, 2007, China.
– E.H. Gombrich, La Historia del Arte, Phaidon, 1997, China.
– Catálogo de exposición: Giacometti. Terrenos de Juego, dirigido por Annabelle Görgen, Fundación Mapfre, 2013, Madrid.

Alberto Roa © texto

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