Rafael Roa © 2012

La melancolía del espejo, el tiempo que vuela ante nuestros ojos sin que podamos impedir que se detenga. La ausencia y presencia de la imagen reflejada, sólo en un instante nos hace pasar de un estado a otro, de vernos reflejados a ver el entorno que nos agobia, o los ojos del otro que se distancia de nosotros y su mirada que se clava como dardos mortales en el recuerdo.
Intentar hablar de la estética de lo efímero es un paseo por las sutilezas de las sensaciones que a veces no llegamos a percibir.
La cámara como herramienta de creación de recuerdos, imágenes compuestas de luces y sombras que nos envuelven en las dudas de todo aquello que no hicimos en aquel tiempo pasado.
Alejarse de la realidad para poder comprenderla o aceptarla, sumergirse en el debate de las formas que queremos seleccionar para que nos definan ante los otros, en definitiva la construcción de nuestras propias metáforas visuales.
Mirar por la ventana contemplando una realidad que detestas y pensar si podemos modificarla o tomar la decisión de la huida hacia otras posibilidades.
Reivindicar lo efímero como nos muestra Christine Buci-Gluksmann en su ensayo “Estética De Lo Efímero” utilizando como ejemplo el poema de Le Moyne:

De un poco de nieve,
Haz un globo efímero
Y pon la nieve en tu mano.

Las palabras, las ideas y el pensamiento nos sirven para construir todas aquellas imágenes que van a definir nuestros trabajos visuales y nuestro estado al realizarlas.
La cama deshecha de Imogen Cunningham y The Reflecting Pool de Bill Viola representan dos formas contrapuestas de ver lo efímero en el arte y en la vida.
Cunningham nos muestra un recuerdo, unas pistas sobre lo que pudo ocurrir en esa cama deshecha, desde una noche de tranquilos sueños, pesadillas, o deseos apasionados.
Bill Viola nos transforma la realidad, detiene el tiempo y no nos deja ver lo previsible.
Oculta una consecuencia de un acto, modificando un relato lineal que nos lleva a ver otras formas de como suceden las cosas. Nos cambia los finales, es como si traspasásemos el umbral del espejo para ver que hay al otro lado y los otros no pudiesen ver ese viaje.
Jugar con el tiempo es intentar modificar lo efímero de la vida. La brujería del juego tecnológico de la imagen en movimiento sólo nos permite mostrar una ficción de la realidad. El tiempo pasa, la vida se convierte en una sucesión de actos efímeros, que gestos, palabras o miradas sin valor aparente, pero que son los eslabones por los cuales nos movemos. La fotografía materializa sucesos, recuerdos o ideas que convertimos en imágenes. La imagen en movimiento nos permite jugar a ser pequeños dioses jugando con lo efímero para que parezca eterno.

Rafael Roa © 2012

Rafael Roa © 2012

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