Irving Penn © 1996 – Kate Moss

Estos días se han establecido encarnizados debates en este blog sobre la fotografía argéntica y la numérica.
Yo voy a hablar hoy de emociones, nada de técnicas ni de herramientas, cada uno que se apañe como mejor le venga. Las emociones de lo vivido alimentan nuestros recuerdos y engrandecen nuestras vivencias.
Las emociones, y todo aquello que toca mi fibra, alteran mis pensamientos cartesianos, los pequeños terremotos interiores, son los que me hacen sentirme vivo.
¿Por que me emocionan determinados autores y otros me son completamente indiferentes?
Unos llegan a mi interior y otros se quedan fuera, conectas con sus miradas, te interesan y te haces cómplice de ellos.
La pulcritud de los retratos de Rineke Dijkstra no atraviesan mi epidermis, y si lo hacen otros autores como Mappelthorpe, Avedon, Olaf, Penn, Klein…
Me emociona la película, mi cámara de 6×6 y mis placas de 20×25 cm, me deja más frío todo el proceso digital, aunque reconozco su utilidad.
Estoy plenamente integrado en la herramienta, que me permite compartir imágenes muy rápido y enviarlas al otro lado del planeta en segundos.
Cada uno debe de encontrar su lugar, las personas, los momentos que nos dan la vuelta a la piel, e incrementen todas nuestras posibilidades de realizar un trabajo en el cual nuestra implicación sea
máxima y pueda ser percibida por el espectador.

Irving Penn © 1996 Kate Moss

Quizás debamos preguntarnos a nosotros mismos que es lo más importante en el proceso de fotografiar, por qué lo hacemos, y que es lo que nos empuja a coger una cámara en las manos y  a tomar una imagen.
Buscar las razones, quizás nos conduzca a una serie de respuestas que determine el enfoque de nuestros futuros proyectos fotográficos, pero estoy seguro que muchos de nosotros tenemos la necesidad de emocionarnos cada vez que seleccionamos una parte de esa realidad que queremos detener y compartir.

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