From the monthly archives: "febrero 2012"
Annie Leibovitz © 1987

Me resistía a hablar de Annie Leibovitz. Sigo su trabajo desde finales de los 70, cuando estaba al final de su periodo con Rolling Stone y su comienzo en Vanity Fair. Después, aquel libro con la portada de Meryl Streep que pasaba desapercibido en los stands de la feria del libro.
A partir de ese momento buscaba afanosamente cada mes el ejemplar del VF americano en los pocos quioscos que lo distribuían en Madrid.
Me gustaba su forma de relacionarse con el personaje, siempre hacia algo diferente y novedoso que se salía de la norma de un retrato convencional. Se puede decir que con ella el retrato editorial se hizo espectáculo. Inicialmente eran las instantáneas frescas como las de la gira de los Rolling Stone o la caída de Nixon, después los retratos basados en ideas brillantes, con fuerza.
Ella marcó el ritmo y su forma de trabajar influyó en todas las publicaciones y fotógrafos del momento. Aquí los directores de arte de las publicaciones nos pedían lo mismo que hacia ella pero sin ningún tipo de producción. A mi toda aquella vorágine me hizo mas creativo, siempre tenía una o dos ideas previas antes de encontrarme con el personaje.

Annie Leibovitz © 1979 The Blue Brothers
Annie Leibovitz © 1980 Lennon & Yoko Ono

Me interesan esos años de grandes retratos con ideas brillantes y muy simples de ejecución, mucho más que su trabajo actual lleno de retoques digitales, o los años de sus grandes producciones de los ’90. Lo que no me seducen nada son sus trabajos de publicidad para Disney donde el retoque se convierte en la parte más importante de la fotografía. Las fotografías de sus primeros años para mi gusto estaban llenas de frescura, talento, ideas y de su opinión creativa del personaje.

Annie Leibovitz © 1984 Whoopi Goldberg
William Klein © 1958, París

Voy a empezar con este frase de William Klein: “El verdadero fotógrafo tiene ojo, cerebro e intención”.
Es una definición que comparto plenamente de este genio de la fotografía que aportó la nueva visión del fotoperiodismo moderno, y cabalgó con éxito sobre los grandes mitos como Cartier Bresson. Matar al padre, ser uno mismo, producir cualquier tipo de imágenes, reportaje, moda, retratos, ser único en cualquiera de las especialidades.
El fotógrafo total que se convierte en artista, en único, sus obras como las de otros grandes maestros han crecido con el tiempo. Cada vez son mejores, indispensables, necesarias para que reflexionemos un poco sobre la decadencia del medio, de la herramienta que estamos utilizando.
Secuestrada en muchos casos por individuos incapaces de transmitir nada, pero que hacen una redacción para que el espectador y el galerista crean que ante ellos se encuentra un gran artista conceptual, y no un farsante. El timo del “toco-mocho”, los gurús, el marketing para vender la basura adornanada por el envoltorio. Todo es falso, no hace falta ir a Arco, cuando has estado los años anteriores y ves lo mismo en cuatro secuencias de un telediario. Entre la falsedad y lo verdadero, está como dice Klein “El Ojo, el cerebro, la intención”.
Klein es un referente para todos que se agiganta cada año,  hoy ves su descaro de entonces en otros que también ahora han creado su propio lenguaje, su forma de mostrar las cosas de una forma sincera, alejada de todas las modas que tratan de vendernos los que dirigen en el negocio. Klein, mira, selecciona, fotografía, no se equivoca de focales, sabe que hacer en cada momento, se mete dentro de la imagen que el mismo va a fotografiar, la guarda en su cámara y luego la lanza como un dardo certero hacia un espectador que se queda sin respuesta, y lo único que puede hacer es admirarla y tener envidia del talento del autor.

William Klein © St Patricks
William Klein © París 1960

La obra de William Klein, merece un estudio profundo, enseguida veréis como enlaza con autores que hoy en día están dando propuestas diferentes y personales a su obra, y que se alejan de la feria de las redacciones de colegio, y las banalidades vacías que estos nos ofrecen.

rafael roa © 2011 – Mónica – Bailarina

Correr como Murakami como excusa para escribir un libro y ver las piernas de las corredoras que
van delante, o escapar del ruido dentro de un parque al amanecer.
Woody Allen me da claves en su película Desmontando a Harry (1997) sobre el caos,
la soledad y las angustias que a veces aparecen ante nosotros como fantasmas que
han llegado para quedarse.
Llevo varios días reflexionando sobre el olvido, sobre cómo somos capaces de arrinconar el
talento.
Mi amigo José Luis Temes, Premio Nacional de Música en 2008, director y compositor de prestigio internacional ha realizado la primera grabación mundial de las 3 sinfonías de Tomás Bretón.
No pude ir a su presentación hace una semana pero me ha llegado la grabación, un valioso regalo.
En este país no se incentiva la programación de compositores españoles dentro de las temporadas
del teatro Real o del Auditorio Nacional
Nunca había escuchado anteriormente las sinfonías de Bretón, y me he quedado enamorado de su tercera sinfonía, quizás la que más duramente fue tratada por la crítica de la época.
Si este compositor se llamase Thomas Brethonov y fuese de Odessa, podría haber tenido otra valoración en este país. El valor de las cosas se mide siempre a través de los criterios subjetivos de aquellos que dirigen el tráfico y escriben la historia.
Por estas cosas se entierran talentos que otros tardan años en rescatar del olvido, como en el caso de las sinfonías de Tomás Bretón.
Fui a la exposición de Eija Liisa Ahtila y me lleve una pequeña decepción en relación con sus obras anteriores. Los precios a los cuales vende sus obras es 25000,00 € por fotografía y 150.000,00 €
por la vídeo instalación.  Supongo que este es el valor del mercado y que las debe de vender a este precio en las exposiciones internacionales que realiza.

Rafael Roa © José Luis Temes, Director y Compositor, Premio Nacional de Música 2008

He elegido esta fotografía de Mónica, una joven bailarina, por su mirada llena de osadía.
Quizás debamos de ser osados, valientes, creer en nuestro trabajo y en nuestras ideas y
defenderlos hasta el final.
El comentario sobre fotografía se me ha ocurrido al ver una imagen en Facebook.
Producimos millones de imágenes diariamente con todo tipo de artilugios, y las compartimos
en cualquier foro de internet.
Uno se cansa de ver fotos tan malas que son una bofetada visual a quien las contempla.
Uno de los errores más comunes es el uso del 18-55 mm objetivo standard de muchas cámaras
de aficionado. Con esta lente se están acumulando una de mayores colecciones de cabezones y
paticortos. La gente no se separa del sujeto para buscar la perspectiva correcta con la distancia
focal adecuada, usan el zoom a un 18 mm y cabezón al canto.
No paro de repetir en mis cursos de iniciación que el uso adecuado de las distancias focales específicas de los zoom para cada imagen y la altura a la cual debemos fotografiar con relación
al sujeto nos garantizará por lo menos la obtención de fotografías correctas.
El contenido y las narrativas visuales, eso es ya otro cantar.

Robert Polidori © 2005 – 2006 , Nueva Orleans – After The Flood

Robert Polidori es un fotógrafo canadiense nacido en Montreal en 1951 en el seno de una familia de origen francófono. Muy joven se trasladó a Nueva York y posteriormente inició su carrera en el
ámbito de la imagen como asistente del director Jonas Mekas.
Polidori fotografía lo que yo denomino los restos del naufragio, las ausencias en los lugares donde
han sucedido hechos que están transformando la realidad.

Robert Polidori en India

Trabaja en gran formato, sus fotos tienen una calidad técnica, exquisita que unido a su capacidad de seleccionar esa parte de la realidad que al él le interesa, forman un todo muy interesante y atractivo.
De las catástrofes, ruinas, o los vacíos que se están transformando consigue darnos una visión sublime de esos restos que el azar o el ser humano han producido.

Robert Polidori © 2005 – Attique, Château de Versailles, France

Todo los contrario que otros muchos fotógrafos que sólo tratan de apabullar al espectador con
interiores bellos y de gran calidad técnica, lo que diferencia a Polidori, es su capacidad de provocar
una reflexión, sobre los sucesos que han podido modificar el espacio que él fotografía, ese vacío anterior o posterior al hecho que lo ha transformado.
Jugar con el tiempo pasado o futuro, es el gran acierto narrativo de este autor.
Quedan preguntas en el aire que te puedes hacer cuando contemplas y analizas minuciosamente su
obra con la calma necesaria para apreciar esos matices.

Roberto Polidori © 1997 –
Home of Mercedes Alfonso Linea 508 (Between D and E) Vedado, Havana

Reflexionar antes del acto fotográfico, y seleccionar el instante preciso para captar aquello que queremos, nos conducirá a la obtención de trabajos que nunca van a ser fruto de la casualidad o
del azar, y poco a poco nos veremos identificados con nuestro propio trabajo, porque éste
formará parte de nosotros.

Rafael Roa © 2003

La derrota se produce cuando uno se rinde y abandona, podemos tener reveses y decepciones pero nunca dejar de levantarnos y seguir adelante.
Cuando uno no cumple sus metas ya sean individuales o colectivas, siente una gran decepción, a
veces incluso una fuerte sensación de derrota, como si una gran losa te sepultase de golpe.
Cuando eres fotógrafo sabes que tu valor es el de tu último trabajo, los anteriores se convierten en referencias del pasado. Siempre se tienen que tener proyectos en marcha, eso ayuda a sentirse vivo
y a no mirar con complacencia como crece nuestra barriga.
Las ideas y los sentimientos de búsqueda constante nos mueven, contar la realidad, a veces
nos conduce a la muerte, como a estos fotógrafos y periodistas asesinados en Siria.
La relación de fotógrafos  y periodistas muertos crece exponecialmente cada año, informar de la
realidad es una profesión de alto riesgo.
Nunca debemos someternos a nadie, la sumisión es la anulación del individuo, enterrar los
sueños que tenemos. Someternos es anular toda posibilidad de sentirnos libres aunque sea interiormente.

Kafka a los 6 años, colección de Walter Benjamin

Walter Benjamín tenía una foto de Kafka a los seis años. Una de esas fotos que muchos de nosotros también tenemos en el álbum de nuestra madre, me refiero a gente de mi generación.
Kafka quería ser un piel roja y galopar en libertad por las praderas, pero se encontraba en aquel estudio, seguramente impresionado por el ambiente y habiendo recibido indicaciones de como comportarse, en cierta forma abrumado.
Alguna vez mi padre me llevo a retratarme a un estudio de estos, recuerdo las cámaras de placas
de madera con objetivos cromados sobre un gran trípode, con seguridad de un formato 13×18 cm.
El fotógrafo me colocaba los hombros en diagonal, y si no me estaba quieto me decía que mirase hacia una lampara que se encontraba a su derecha, después me pedía una sonrisa y disparaba la placa.
Supongo que para Kafka la visita al estudio del fotógrafo suponía una tortura. A mi no me  importaba, lo que más me fastidiaba era tener que estarme quieto y no poder preguntar para que servían todos aquellos aparatos.
La Gran Vía estaba llena de estudios de prestigiosos fotógrafos en los años ’60. El de Gyenes
se encontraba muy cerca, en la calle Isabel la Católica.
Recuerdo a finales de los ’70 su cara de sorpresa cuando le llevé una invitación de mi primera exposición en un pub. Vio a un joven con pinta de pardillo llamando a su puerta, y entregándole
una copia en papel baritado, me dio las gracias educadamente y me deseó suerte.

Rafael Roa © 1994 – Hidden Desires

¿Fotografiar el deseo, las sensaciones y olvidarse de los cuerpos?
Mucha gente quiere fotografiar cuerpos desnudos, a mi sólo los cuerpos no me interesan nada.
Son sólo formas, curvas, algunas con una armonía mas perfecta que otras.
Busco algo más, quiero capturar lo que ese cuerpo siente en ese momento y es capaz de
transmitirme. Si no encuentro eso, me aburro, y el cuerpo deja de interesarme.
No aburrirse, ni rendirse, ni abandonarse a la pereza que nos va enterrando. Las imágenes son
algo más que formas, nos están esperando, es necesario, imaginar y buscarlas siempre.
Si no lo haces al final, te sientes como Kafka en el estudio del fotógrafo, aburrido, cansado,
deseando huir de allí, y dejar de sujetar ese ridículo sombrero.