Rafael Roa © Agnes Kiraly, actriz

La fotografía siempre ha estado vinculada a la vida. Se integró rápidamente en lo cotidiano.
Primero como un fenómeno de representación social, las populares tarjetas de visita que criticó
Walter Benjamin, desde la perspectiva que le otorgó la aparición de otros autores que usaban la herramienta desde un punto de vista más creativo a comienzos del siglo XX.
Esta mañana he pensado que 1984 de Orwell está de plena actualidad. Las redes sociales se han convertido en un poderoso medio de comunicación, donde se comparte todo tipo de información
en segundos, pero también en un importante fichero policial creado por nosotros mismos.
Exponemos nuestros datos, fotografías, opiniones, intereses personales o de consumo….
Lo saben prácticamente todo, estamos fichados y muchas personas comparten hasta sus más
mínimos movimientos y opiniones.
David Bailey comentaba en una entrevista que ya no le interesa fotografiar a las celebridades del momento. Su entorno banal, modifica la relación de confianza que anteriormente se creaba entre
el fotógrafo y el personaje.
Estamos perennemente bajo control, cada vez es más complicado buscar esos instantes
espontáneos en nuestras sesiones de retrato, porque estamos sujetos a las limitaciones que impone
el equipo que controla la imagen del famoso.
Y sin embargo vivimos la contradicción de que nuestros datos personales se venden al mejor
postor entre grandes compañías, y los ciudadanos estamos siendo acosados en nuestras casas por vendedores de servicios.
Por una parte, se ha limitado nuestra capacidad de fotografiar en libertad, y la relación con nuestros derechos de explotación de nuestro trabajo, y por otra el gran hermano nos tiene fichados, nos
observa y manipula.
Ejemplos como Wikileaks o el juez Garzón nos demuestran los grandes tentáculos del poder real.
En el arte ocurre igual, es más fácil eliminar a los sujetos molestos y crear una programación de
gentes tolerables por el sistema y el mercado. Es muy sencillo observar esto en la programación de muchas galerías privadas, que dan saltos de caballo, como si de una partida descontrolada de
ajedrez se tratase.
Tenemos un problema si pensamos como debemos abordar el acto de fotografiar desde un punto
de vista de la relación de contenidos y la salida de nuestro producto final al mercado.
Mi opinión es que uno debe de ser fiel a sus ideas, independientemente de la situación social y
política que nos rodee. Para eso uno tiene que estar dispuesto a renunciar a otras cosas. La vida,
como la fotografía es una toma de decisiones continua, y ahí esta la clave de saber qué queremos obtener al final.

Director – Michael Radford, Orwell, 1984

Share →

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *