rafaelroa © 1990

Las fotografías de Walter Rosenblum son retazos de una vida que ya pasó, seguramente ya no exista el columpio donde aquella niña se balanceaba llena de inocencia infantil.
Vivimos y coleccionamos recuerdos, fotografías, canciones, y momentos felices que añoramos cuando estos se han ido, porque nada dura eternamente.
Las tardes de otoño, el fuego, las mantas en las siestas del sofá y el olor a castañas, los solos de Coltrane o Chet Baker y como diría Woody Allen en Manhattan, los ojos de Tracy.
Al final del taller de Barcelona, le mostraba a mis alumnos, aquellos fotógrafos que yo considero importantes, son aquellos que me marcaron más en mi período de formación, los que me empujaron a ser curioso en los caminos que al final he ido recorriendo.
Aquellos encuadres de Penn o Avedon, Bourdin y su mirada descarada que puso los pelos erizados a más de uno en los ’60. No voy a hacer una lista de fotógrafos ni de canciones, todos tenemos nuestras fuentes de las cuales hemos aprendido y las generaciones comparten casi siempre los mismos, igual que las canciones con las que evocamos los recuerdos felices de nuestros primeros amores o de aquellas sensaciones que han sido importantes en nuestras vidas y que por tanto queremos mantener en el saco de nuestros mejores momentos. Lo que fotografiamos es una síntesis de lo que somos, de nuestras vivencias, cultura o sensaciones.
¿Por qué fotografiamos, que nos empuja a guardar un instante en una fotografía o a crear una imagen que no existe?
¿Cual es ese impulso irrefrenable que nos lanza a fotografiar?
Coleccionar sufrimientos ajenos o felicidad propia, o dejar nuestros fantasmas en una imagen que surgió en lo más profundo de nosotros. Esas pueden ser las respuestas, cada uno debe buscar las suyas, y encontrar a aquellos que le ayuden a recorrer su camino.
Poco a poco debemos hallar nuestras propias respuestas a esas preguntas que nos inquieten, saber por qué hacemos fotografías, esa es la gran pregunta…..
Mientras tanto disfrutemos de las tardes apacibles de otoño, del mar, o las montañas y de esos días en el los cuales el viento fresco acaricia nuestros rostros y el tiempo nos lleva sin retorno al solsticio de invierno.

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