rafael roa © 2011

Cada día parece una encerrona, un callejón sin salida, ese lugar frío, metálico y sin luz, aparentemente acogedor pero más similar a una cárcel subterránea de lujo.
Sus ojos habían perdido el brillo de la vida, esa luminosidad que te da la ilusión diaria por el día y la noche, por el viento y por esos días soleados de verano en los cuales las chicharras no dejan de cantar.
No podía determinar cuanto tiempo llevaba en esos pasillos de luces incandescentes y fluorescentes verdes, y ya no sabía por qué se encontraba allí.
No sabía su nombre, ni recordaba nada de su pasado, y a aquellos a los que veía diariamente eran extraños, gentes como ella de miradas perdidas que deambulaban por aquellas galerías de puertas automáticas, colores metálicos y de un silencio sepulcral.
En su muñeca sólo figuraba una pulsera con la inscripción XZWA325XW.
Habitaba en una pequeña celda estanca de 3×1,5m con una cama, una ducha y un water, dos pequeños halógenos de color blanco iluminaban el habitáculo y se apagaban en cuanto llevaba un pequeño periodo de tiempo tumbada, ya no podía ni cuantificarlo. En cuanto se despertaba debía ducharse rápidamente, echar en un compartimento sus ropas del día anterior, vestirse con las
nuevas y estar de pie delante de la puerta.
Esta se abría y salía a deambular por aquellos pasillos, en una sala, podía alimentarse, todo se sucedía a un ritmo vertiginoso y no podía cometer el error de quedarse rezagada pues no abriría a tiempo la compuerta de su primera alimentación de día y entonces tendría que vagar por aquellos pasillos hasta el sonido de aviso de su segunda alimentación. Mientras tanto, andar sin descanso a un ritmo que cada día se ralentizaba más era su única ocupación.

Extracto del relato XZWA325XW

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