Mañana acabo mi taller de iluminación y retrato editorial en Studio Lightroom de Barcelona.
Hoy antes de irse una alumna me ha dado las gracias por ser generoso y no guardarme nada.
Para mi es incomprensible no enseñar lo que sé, nunca he soportado a los colegas de los secretos,
de las recetas mágicas, esos que se creían con la formula del éxito y que nunca la compartían con
nadie.
Uno de los problemas de la profesión ha sido la mezquindad de una gran parte del colectivo, de
estos que no contaban con que película trabajaban o que usaban para hacer un trabajo u otro.
Una vez en los inicios del digital estaba en Fotocasión comprando la Canon D60 y me encontré
a una colega de esos que hacían campañas de publicidad “inspiradas” en fotografías de otros, un
Playboy repugnante.
Le pregunté que que hacía allí y me contestó con una larga cambiada. Le mostré la cámara que
acababa de comprar y salí de la tienda.
Volví a los 5 minutos para comprar una batería adicional y lo vi comprando la misma cámara.
Estas actitudes reflejan la estupidez de algunos colegas que piensan que guardar sus pequeños
trucos les va a garantizar el paraíso eterno en el mundo de la fotografía.
La información sobre el aprendizaje de cualquier técnica esta al alcance de todos, hacer creer a los
demás que uno tiene la formula secreta del éxito infinito es propio de mezquinos.
No hay trucos, ni atajos, hay un serio aprendizaje de la técnica, existe el esfuerzo individual en
aprender un oficio y una sistemática de trabajo, y lo único que diferencia a unos profesionales de
otros es la creatividad, las ideas y las miradas diferentes o únicas que tienen unos sobre otros.
Los que digan lo contrario y vendan los atajos que no existen frente al trabajo serio sólo están
vendiendo humo.

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