rafael roa © 1994 – Hidden Desires

Esta mañana amanecía en El Retiro, estaba mirando al estanque cuando un amigo mío
diseñador gráfico me ha saludado. Nos hemos sentado un buen rato disfrutando de la brisa
de la mañana y hemos terminando hablando de lo divino y humano, de la crisis y de estos
tiempos que nos está tocando vivir.
Mi amigo Juan me ha contado que tiene conocidos que se han convertido en el cliente caradura,
esos tipos que piensan que crearles una identidad corporativa para su negocio él se la va a hacer
gratis porque es su colega.
Hay mucha gente que piensa que todo lo que hacen los demás es gratis, y si eres conocido te
tienes que enrollar y hacerles el favor porque eres un tío guay.
La gente paga por todo, porque les paseen el perro, al fontanero, el dentista, en el supermercado,
cuando compran ropa o se van de vacaciones, a su psicólogo, pero hay otras profesiones que si
conocen a alguien piensan que no deben pagar porque lo que haces es tan fácil, como por ejemplo:
fotógrafo, diseñador gráfico y que sepas hacerles la declaración de la renta.
El trabajo y el tiempo no se regala, si alguien quiere algo que nosotros tienen que pagar por ese
servicio o actuación profesional, si no que busquen en una ONG de cambio de tiempo.
El tiempo es valioso, por eso no perdí más de dos minutos en ver el bodrio de nuestro último
premio nacional de fotografía, ese al que muchos críticos sin conocimientos ensalzan sus
mediocres realizaciones. Cuando uno se enfrenta al espacio, al juego de volúmenes que nos
proporciona la arquitectura y esta nos sobrepasa hemos fracasado en el envite.
El gigantismo del tamaño con que presenta sus trabajos no puede esconder la mediocridad de su
discurso, ni disimular su falta de oficio como fotógrafo de arquitectura, por mucho que quiera
explotar ese áurea de artista contemporáneo.
Con el paso de los años, eso que ahora cuelga de esas paredes y que algunos ignorantes alaban,
se caerá a pedazos como un castillo de naipes, porque no hay nada que emocione, interese o
seduzca a un espectador inteligente, son imágenes copiadas de otros, un discurso fallido y un
dejà vu mediocre.
Por eso el tiempo es tan valioso, no se puede perder con nada ni nadie que no lo merezca.
Si queréis ver algo que merece la pena, sólo tenéis que pasar por La Fábrica Galería y ver
Sanctuary, el último trabajo de Gregory Crewdson, veréis la diferencia entre un artista y un
farsante.

Gregory Crewdson © Sanctuary
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