Dorothea Lange ©

Hablaba en estos días con mi amigo Valentín Sama sobre las últimas novedades de
Sony de las cuales en DSLR Magazine se ha informado ampliamente.
Juntos hemos visto el desarrollo de la fotografía digital en estos años y él me ha
hecho participe de muchas de las las pruebas que ha efectuado, hemos ido hablando
casi a diario sobre el cambio tecnológico que se está produciendo.
Lo que es indudable es que la tecnología ha cambiado y realizamos fotografías de la
misma forma con respecto a la dinámica de la toma y usos de las lentes pero el proceso
de revelado es diferente, se ha sustituido la química por el revelado digital.
Pero no quiero hablar de técnica sino hacer una reflexión sobre hacia donde va la
fotografía en sus diferentes formas de uso.
La fotografía supuso el acceso a la representación de la clases medias, a ser retratados
y guardar los recuerdos familiares en imágenes.
Una fotografía era una prueba irrefutable de un hecho, incluso contando con las
manipulaciones que eliminaban a los enemigos políticos, ha sido un testigo de la historia
que íbamos construyendo a través de una memoria visual compuesta por imágenes.
Hemos visto en estos casi dos siglos su desarrollo, el retrato, el fotoperiodismo, la moda,
los bodegones, la fotografía de arquitectura y naturaleza y todo tipo de fotografía
experimental y de creación.
Los fotógrafos que tenían una mirada propia se convertían en autores, ahora son
considerados artistas, guardamos sus trabajos como parte de nuestra propia historia en
museos, en esos panteones donde parece ser que conservamos aquello que merece la pena
aunque no siempre sea así.
Pero adonde quiero llegar es a la saturación de millones de fotografías muy similares que
vemos a diario y como nos las comemos casi sin saborearlas o apreciarlas.
Todos capturamos imágenes, con todo tipo de artilugios, móviles, cámaras y compartimos
esas imágenes de manera compulsiva en la redes sociales.
En esos espacios virtuales guardamos millones de imágenes a las que prestamos la misma
atención que a la tapa de la pasta de dientes.
No vemos imágenes, las consumimos con la misma voracidad que las producimos y quizás
sin esa reflexión al capturarlas de las que tanto me quejo.
Producimos fotografías, vídeos, los compartimos y nos encontramos con la paradoja de que
aquellas imágenes que representan lo más cutre o morboso son las más demandadas.
El culo de una princesa, una alcaldesa follando en la torre de un castillo, una pelea
sangrienta, abusos de todo tipo y situaciones irracionales y absurdas.
También tenemos la contrapartida de la información seria o la denuncia política.
Es muy positivo que en todo tipo de manifestaciones sociales haya ciudadanos con móviles
o cámaras grabándolo todo para evitar la impunidad de aquellos que ejercen la violencia del
poder.
Mi conclusión final es que estamos saturados de imágenes de todo tipo, nos falta reflexión al
hacerlas y esa misma reflexión al verlas porque no las vemos, nos las comemos sin digerirlas
y por tanto dejan de ser importantes, son objetos de consumo fácil y también necesarios para
sintetizar la gran cantidad de información que nos llega, o su uso como ocio cotidiano.
Hay veces que cerrar los ojos e imaginar algo que no existe es mucho más satisfactorio.
Creo que esto es sólo comenzar el debate de un tema que es amplio, pero quizás sea necesario
reflexionarlo en profundidad.

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