rafaelroa © 1988 Hidden Desires
Recuerdo que vi mi primera exposición de Joseph Beuys en 1974 en el Pompidou, yo era
un joven de 19 años que llegaba a París desde la España gris de la dictadura. Pasar
la frontera se convertía en un soplo de libertad.
“Cada hombre es un artista. En cada hombre existe una facultad creadora virtual. Esto no
quiere decir que cada hombre sea un pintor o un escultor, sino que existe una creatividad
latente en todas las esferas del trabajo humano”.
He tomado esta frase de Beuys para hablar de la creatividad en el oficio de fotógrafo y la
diferencia entre una persona que ejerce el oficio con profesionalidad y otro fotógrafo que
transciende con su trabajo y llega a ser considerado como artista. El fotógrafo que se 
convierte en artista, es aquel del que la sociedad considera que su trabajo supera la mera
función de una fotografía aplicada a un fin.
Las teorías sobre la democratización del arte, de que cualquier persona puede ser artista,
enlazan con el pensamiento muy de moda en la actualidad de que cualquiera puede ser
fotógrafo. Sólo hay que apretar el botón de una cámara digital y convertirse en alguien
capaz de capturar una imagen, todos estos se olvidan del ojo del fotógrafo, esa mirada que
selecciona una parte de la realidad para mostrarla a los otros. La diferencia entre el
hombre-captador y el fotógrafo es que para el primero el acto de fotografiar es un acto
reflexivo y para el segundo sólo es un acto reflejo, el de apretar un botón.
Una vez hecha la diferencia entre fotógrafo y hombre-captador, podemos seguir
profundizando en el por qué del éxito desbordante de los segundos en el mercado de la
fotografía profesional y de los medios de comunicación.
La encrucijada del oficio de fotógrafo esta relacionada con la perdida de derechos
sociales de los trabajadores en los últimos 20 años.
A comienzos de los ’90 empezamos con la esclavitud de los becarios o contratos de prácticas,
poco a poco se ha ido esclavizando a los individuos para el mayor beneficio de las empresas,
se perdieron las 40 horas, se dejaron de pagar las horas extras, aparecieron los contratos
basuras, ante la temporalidad de los contratos los trabajadores se veían obligados a hacer horas
extras sin ser remuneradas y siempre con la espada de Damocles de perder el trabajo.
Llegó la tecnología digital, los teléfonos móviles con cámara y la voracidad de las empresas
editoras desde el comienzo de este siglo. Los bancos de imágenes fueron el primer torpedo
contra la profesión, las agencias de publicidad prefirieron comprar un CD de fotografías antes
que producir una sesión, la prensa y revistas empezaron a bajar sus tarifas a los profesionales
y a presionar de manera descarada para que estos cediesen sus derechos por el precio de un
sólo trabajo. Los móviles fueron el siguiente paso, ya en 2003 publiqué en una revista
corporativa de Alfa Romeo un portfolio y un articulo sobre lo que yo consideraba que se
podrían convertir este tipo de fotografías, ineludiblemente eran los futuros diarios visuales
de los individuos. Las empresas dieron el protagonismo a la gente, “Envianos tu foto de lo
que pueda ser noticia, el ciudadano periodista, comparte tus fotografías sobre el Mundial,
envianos tus fotografías sobre el 15M”. 
Todos estos reclamos no tienen otro sentido que el de abaratar costes de los honorarios de los
fotógrafos y aprovechar a un ejercito de ciudadanos ávidos de tener su momento de gloria en
la prensa escrita o en la web de un periódico.
Lo último es el redactor con una compacta en la mano, un tipo que escribe y que aprieta un
botón en una rueda de prensa o en un photocall sin tener el más mínimo concepto de la
herramienta que tiene entre las manos, y todo para la obtención del máximo beneficio
empresarial.
Hemos ido cediendo como colectivo a cada envite de las empresas, no hemos reaccionado y
sólo hemos intentado salvarnos de la quema individualmente. Si no hacemos algo real que
sirva para regular nuestro ejercicio profesional y garantizar la justa distribución de nuestro
trabajo, nuestra profesión se verá abocada a desaparecer tal y como la hemos conocido y
disfrutado en los últimos 50 años.


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