Rafael Roa © 2000 – Hidden Desires

Acababa de pegarse una buena cena, “Revuelto de Morcilla y Solomillo a la
Pimienta”, salió de aquel garito de matones acarreando su pierna con esa
cojera que le dejó la metralla en aquella trinchera, se arrastraba con una cierta
rapidez por aquel adoquinado del viejo Madrid, y después de atravesar la
Plaza Mayor, llegó hasta a la calle Carretas, para ir a aliviarse a casa de la
Juani, en esa pequeña pensión de la calle Cádiz. El cojo cabrón como le
conocían los chicos del barrio, que le veían atravesar la plaza de
Benavente, donde él les tiraba las tobas encendidas con intención de
quemarles la cara.
Arturo “el cojo cabrón” era un matón del tomo y lomo, uno de esos de gatillo
fácil que había llenado las cunetas de gente inocente, se hizo famoso en
Badajoz donde fue uno de los responsables de la matanza de la plaza de
toros y lucía en su pecho las medallas “al valor” por sus numeroso tiros
de gracia, incluso diez años después de su entrada en Madrid con los
regulares de Melilla, mostraba cada día los bochornosos trofeos por sus
servicios prestados.
La Juani era una pobre chica de un pueblo de la Mancha, que había llegado a
Madrid buscando a su hermano que estaba condenado a muerte, era atractiva
con unas buenas tetas y un buen culo, y era manoseada, e incluso violada por
los militares cada vez que iba a ver a su hermano a la cárcel, se vio obligada
dadas las circustancias a buscar refugio en la casa de Lola, una madame que
tenía una casa de citas en el centro de Madrid.

Extracto del relato “Solomillo a la Pimienta”

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