Rafael Roa © 1996

Comencé a escuchar a Raimundo desde aquel mítico disco “Blues en la Frontera”
de Pata Negra y desde entonces he seguido a este tipo de sonrisa franca y
apasionado por la música y por su guitarra. No le he visto disfrutar más en un
escenario que en aquel gran concierto con BB King en la plaza de las Ventas,
a mitad de la década de los 90.
Lo recuerdo perfectamente porque fui con mi hijo Pablo cuando sólo tenía 12 años y
a los dos nos causó un recuerdo imborrable, aquellos duelos de solos entre el gran
BB King y Raimundo que no se le quedaba a la zaga.
Pero Raimundo entró antes en mi estudio del barrio de Tetuán, un día lluvioso de
primavera y llegó con un par de amigos y esa sonrisa franca y directa que hacía
que sus ojos fuesen mas diminutos y su alegría más grande.
Recuerdo que seguí la sistemática de siempre, primero los rollos de 6×6 y cuando
ya estábamos los dos a tono, unas placas de 10x12cm de mi Polaroid 55, esa película
cuya desaparición lamento tanto.
Y allí estaba Raimundo, entre risas, humo y alguna cerveza vistiendo con camisas
de ropa buena y posando para mí como un príncipe altivo.
Se puso delante de la cámara, enfoque y le pedí que no se moviese hasta que lo
se lo ordenase, le grite “sonríe Raimundo” y disparé la placa en el instante preciso
de capturar esa gran carcajada franca y generosa.
Se acabo la sesión pero seguimos con las cervezas.

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