Rafael Roa © 1992

Siempre hay un abismo al cual nunca queremos asomarnos y que esta ahí
rondandonos como espada de Damocles sobre nuestras cabezas.
El miedo a caer dentro de ese gran hueco, oscuro, es la inseguridad de
lo desconocido, o lo que se cree conocer, el vacío sin retorno.
El abismo para muchos es desaparecer, para otros es ir haciéndose invisible
poco a poco, en silencio de forma continua y lenta, quizás esa sea la peor
forma de caer y la más temida por todos.
El vacío puede ser sinónimo de olvido, porque se muere totalmente cuando
el recuerdo se borra de la memoria de los otros, cuando lo cotidiano machaca
el pasado de forma natural e implacable, con esa actualidad vertiginosa sobre
la que cabalgamos diariamente.
Se olvidan las caricias, los gestos y los rostros, las palabras y las promesas,
la textura de la piel que amamos, y los rostros de nuestros enemigos cuando
dejan de serlo, olvidamos todo y nos olvidan, todo lo dejamos en ese vacío
profundo donde se pierde para siempre.
El fijador de estas viejas Polaroids 55 ha perdido su efecto, poco a poco se
van deteriorando, y al final la imagen termina casi por desaparecer completamente,
y sólo quedará por un breve espacio de tiempo el recuerdo de lo que fueron.

Rafael Roa © 1992

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