Rafael Roa © 1980

Los bares de carretera me resultan fascinantes y misteriosos. A veces son cutres
y más en 1980. Recuerdo con quien estaba, más bien lo sospecho por el viejo
archivo de cartón donde guardaba este negativo y por los disparos posteriores.
Mi vida había sufrido un terremoto brutal unos meses antes y me encontraba
sumido en un alejamiento de lo real, en la no aceptación de mi realidad de
entonces. Mi Nikon F2 de titanio era lo único seguro que tenía.
Hablemos de los bares de carretera, esos sitios donde las sombras y las almas
se cruzan, consumen, mean y desaparecen en direcciones opuestas sin apenas
mirarse o sólo cruzando las palabras básicas y necesarias, la gente,
se ignora mientras a veces se consume un refresco o el bocadillo de turno.
Se mira por la ventana como si fuese la televisión, se vigila el coche y se
observa el trasiego de los que van y vienen. Si estos sitios están en un pueblo
puedes encontrar a los viejos jugando a las cartas en una mesa bien situada
donde controlan y supervisan la entrada y salida de forasteros. También en
aquellos tiempos existían unos soportes horrorosos llenos de cassettes de
música que nadie compraba, pero siempre desde algún ángulo de un local
de este tipo ves algo que te hace disparar la cámara, quizás hacia una ventana,
o a una sombra que se desliza rápidamente dentro de un coche, o unas piernas
cruzadas en el taburete de la barra.
Después de un rato sueltas tus monedas en el platillo de la cuenta y te vas
sin mirar atrás, nunca se vuelve la cabeza al salir de un sitio como este,
la carretera te espera de nuevo.

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