Aquel Maldito Viaje

rafael roa ©

Llegó buscando una vida mejor desde un país lejano, no sabía lo que le esperaba cuando
soñaba viajar a ese lugar donde encontraría un nuevo futuro.
Había pagado por el viaje y en cuanto llegó se encontró con la cruda realidad, no tendría
el trabajo prometido.
Fue recluida en una casa a las afueras de una gran ciudad cercana a una gran autopista.
Sin mediar palabra, le quitaron el pasaporte, la dieron una brutal paliza y fue violada
sistemáticamente por tres tipos que la recordaban que ese seria su trabajo, follar
como una máquina todos los días, ser dócil, complaciente y ni siquiera atreverse a mirar
a sus captores a los ojos.
En aquel local estaban cautivas unas 25 mujeres, la mayoría altas, esbeltas, rubias, bellezas
rusas y ucranianas que habían sido secuestradas como ella, con la promesa de ser modelos,
y ahora bajo amenazas de muerte eran prostitutas a las que habían iniciado en el consumo
de drogas para ser más fácilmente manejables.
Ese no había sido su caso, era gordita, tetona, bajita y originaria de Silesia.
Sus padres habían sido agricultores, y ella trabajó como cocinera en una fábrica de montaje
componentes de automoción. La ofrecieron un trabajo similar en España, en el sur, en una
zona de muy alta inmigración latinoamericana y subsahariana.
Sus captores querían con mujeres de sus características ofrecer un nuevo producto a los
“guacamayos y negros” de la zona, mujeres pequeñas, tetonas y culonas a un bajo precio.
Las modelos rubias y esbeltas estaban destinadas a una clientela nacional de mayor poder
adquisitivo, sobre todo camioneros que paraban para pasar un buen rato con aquellas bellezas esculturales, a las que nunca tendrían acceso en una relación de igualdad.
Su día era muy largo, desde muy temprano a limpiar, lavar y cocinar para el resto, y por la
noche a servir de desahogo a explotados y solitarios, que una vez a la semana  acudían a
aliviarse de sus miserables vidas. Carne de cañon para las clases más bajas.
Halima dejó atrás su pequeño pueblo polaco, su trabajo, su misa dominical, los paseos con
sus amigas, ahora sabía que salvo un milagro no había escapatoria, que para evitar las palizas
y maltratos debería ser obediente y sumisa, cerrar los ojos y esperar que acabasen rápido, uno
tras otro, en esas noches interminables de los viernes y sábados.
Luego a limpiar, a quitar mierda y a dejarlo todo como la patena, con la vista baja y el silencio
como única compañía.

Extracto del relato No Hay Paraíso – rafael roa©

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