1981

Rafael Roa © 1981

Se escuchan ruidos de cocina por el patio, conversaciones que forman un guirigay
confuso de recreo de colegio. No ha anochecido y vamos hacía el solsticio de verano
a toda maquina, el devenir de los días es frenético, y el tiempo se me escapa de las
manos sin avanzar un metro con esta bicicleta sin cadena.
Me aburre el mundo y lo que me rodea, todo carece de sentido y cada día es como
una losa, incluso los recuerdos mitificados del pasado me parecen una mala novela
de vino y rosas. Sólo merece la pena el comportamiento animal, la posesión salvaje,
el goce profundo, acabar, irse, salir de allí, no escuchar nada, palabras y promesas
incumplidas, sentimientos absurdos, falsas ilusiones de eternidad, huir, avanzar sin
pensar en nadie.

Extracto del relato “El Viento Oculta Nuestro Rastro”

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